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Fiestas de Pamplona dejan tres personas heridas y con traumatismos craneales.
Fuente: El País

España. Los toros gaditanos de Cebada Gago hicieron honor a su historia y protagonizaron uno de los encierros más peligrosos de la historia de las fiestas de Pamplona. Peligroso porque los datos provisionales hablan de seis heridos por asta de toro; largo, porque el reloj contaba los cinco minutos y cuarenta y cinco segundos cuando el último toro entró en los corrales, y desconcertante, porque la manada se rompió al inicio de la calle Mercaderes, y cada toro por su lado, al margen de los cabestros, hizo estragos entre los corredores, muchos de ellos sorprendidos en la creencia errónea de que había pasado el peligro.

En cuanto los toros salieron de los corrales de Santo Domingo, uno de pelo castaño tomó la delantera y subió como una exhalación hasta el final de la calle; allí resbaló y se acabó su gesta.

Enfilada la bajada hasta la curva de Estafeta, el antideslizante no pudo evitar la caída de un toro que arrolló el vallado, y ahí, en este instante, comenzó la guerra. A pocos metros, un toro se ensañó con un par de corredores, a los que lanzó cornadas al aire; tuvieron suerte pues otro animal de negro se enfrentó a su compañero y evitó, sin pretenderlo, lo que pudo ser una tragedia.

La calle de Estafeta se convirtió, a partir de entonces, en un campo de batalla. La manada quedó completamente rota, cada toro haciendo la guerra por su cuenta y los cabestros perdidos. Allí se produjeron muchos momentos de tensión, atropellos, cornadas, sustos, carreras, el miedo en caída libre ante la histórica peligrosidad de los Cebada Gago, que se hacía presente con los astifinos pitones a centímetros de la piel.

Muchos corredores volaron por los aires, y nunca se sabe qué es peor, si la posible cornada de un toro o la caída con fuerza contra el asfalto de cuerpos que no siempre son fibrosos ni están preparados para esta guerra.

Larga fue la travesía de este peligrosísimo encierro, de modo que pasaban los cuatro minutos cuando el primer toro entró en el ruedo de la plaza. Pero entonces todavía trabajaban los pastores para atraer hacia delante a un par de toros rezagados que se volvieron con intención no tanto de volver por el camino andado como en la búsqueda de presas asustadas.

Se acabó finalmente la carrera, que parecía eterna, pero persistirá mucho tiempo el miedo en el cuerpo. No es para menos. Los toros de Cebada Gago impusieron su ley: la del peligro.